
Mi última observación pertenece al ya lejano verano pasado. Una cálida noche estival que ahora recuerdo con nostalgia. Era el mes de julio.
Después vino la mudanza, adaptarse a la nueva vivienda (ya había olvidado qué era eso de depender de técnicos de gas, luz, agua, teléfono, adsl, etc.)...
Además, había decidido cambiar parcialmente de equipo. La decisión me llevó mucho tiempo, meses. Pero finalmente, nada más mudarme, me regalé una nueva montura. Era algo que necesitaba hacía tiempo. Mi veterana y magnífica GPDX había dado de sí todo lo que podía, pero sus limitaciones en seguimiento y su carencia de goto indicaban que llegaba el momento de cambiar. Finalmente, a primeros de noviembre, encargué la nueva montura de Celestron, la CGEM.
Peeeero, las leyes de Murphy y esa vieja norma que dice que cuando alguien estrena equipo le esperan 40 días de mal tiempo me fastidiaron los planes. Desde finales de noviembre no ha parado de llover (incluso nevar). Cuando no llueve, hace un frío (casi) polar y viento huracanado o, en el mejor de los casos, sólo está nublado. Y así llevamos dos meses.
Tan sólo he podido probar una vez la CGEM. Y la cosa parece prometer, aluciné con la facilidad de la puesta en estación y tuve, por primera vez, esa mágica sensación de indicar a mi montura que fuera a un lugar determinado del cielo... ¡¡y fuera!!
En el medio, me he comprado un nuevo y pequeño capricho. Un Maksutov-Cassegrain de 102 mm. y focal larga (f13). Lo quiero dedicar a la observación solar, pero dadas las condiciones meteorológicas... pues eso, que sigue guardado en su estuche. Ironías de la vida.
Las cosas no pintan bien. Pasan los días, las semanas, y no se percibe mejoría. ¿Hasta cuándo? ¿Dónde está el famoso y querido Sol de Extremadura? Recuerdo con cariño los días soleados. Desde luego está siendo un invierno de los de antes, que diría mi abuelo. Al menos nuestros pantanos y ríos están como hace tiempo que no se veían, pero no os niego que tengo mono, mucho mono de astronomía.




